“Mi memoria fluye como una película: no se detiene y es incontrolable”, dice AJ. Recuerda que a las 12:34 p. m. del domingo 3 de agosto de 1986, un joven que le gustaba la llamó por teléfono. Se acuerda de lo que le sucedió a Murphy Brown el 12 de diciembre de 1988. Y también que el 28 de marzo de 1992 almorzó con su padre en el Hotel Beverly Hills. Recuerda sucesos mundiales y viajes a la tienda de víveres, sus emociones y el clima. Prácticamente conserva en su memoria todos los días. Casi nunca se queda sin respuesta ante cualquier pregunta sobre el pasado.
En los archivos del cerebro, nuestra vida perdura o desaparece.
Hay una mujer de 41 años de edad, auxiliar administrativa, de California, a la que en los documentos médicos se le conoce como “AJ,” que recuerda casi todos los días de su vida desde que tenía 11 años. Un señor de 85 años, técnico de laboratorio jubilado, conocido como “EP,” sólo evoca lo que acaba de pensar. Quizá ella posea la mejor memoria del mundo. Él bien podría tener la peor.
Se dice que Kim Peek, el erudito de 56 años que inspiró la película Rain Man, ha memorizado alrededor de 12 000 libros (tarda en leer una página entre 8 y 10 segundos). “S”, un periodista ruso, estudiado durante tres décadas por su compatriota neuropsicólogo Alexander Luria, podía recordar cadenas de palabras, números y sílabas sin sentido increíblemente largas años después de haberlas oído. Sin embargo, AJ es única.
Sin embargo el caso de AJ es único, así que los neurocientíficos tuvieron que acuñar un nuevo término médico para englobar y describir sus características: síndrome hipertiméstico.
EP padece dos tipos de
amnesia: anterógrada, la cual provoca que no pueda formar nuevos recuerdos, y retrógrada, que ocasiona que tampoco pueda evocar recuerdos anteriores, por lo menos no desde 1960. Su infancia, su servicio en la marina mercante, la Segunda Guerra Mundial, todo eso es muy vívido. Pero hasta donde sabe, la gasolina cuesta alrededor de 25 centavos de dólar por litro y el alunizaje jamás sucedió.
En un tibio día de primavera, conocí a EP en su casa, un iluminado bungalow de una zona suburbana de San Diego. Me trasladé en automóvil junto con Larry Squire, neurocientífico e investigador especializado en la memoria, y con Jen Frascino, coordinadora de investigación del laboratorio de Squire, quien visita a EP habitualmente para aplicarle pruebas de conocimientos. Aunque Frascino ha estado en casa de EP unas 200 veces, él siempre la saluda como si fuera una persona extraña.
Frascino se sienta frente a EP a la mesa de su comedor y le hace una serie de preguntas que ponen a prueba su sentido común: en qué continente está Brasil, el número de semanas que hay en un año, a qué temperatura hierve el agua. Quiere demostrar lo que las pruebas de coeficiente intelectual ya han confirmado: EP no tiene un pelo de tonto. Responde pacientemente a las preguntas (todas correctamente), imagino que casi con la misma sensación de desconcierto que yo tendría si un perfecto extraño entrara en mi casa, se sentara a mi mesa y, muy seriamente, me interrogara sobre la temperatura de ebullición del agua. Ríe y me mira de soslayo con perspicacia, como diciendo “¿creerán estas personas que soy idiota?”
EP lleva en la muñeca izquierda un brazalete metálico de alerta médica. Aunque es evidente su función, de todos modos le pregunto. Gira la muñeca y la lee con toda tranquilidad:
— Mmm. Dice pérdida de la memoria.
EP ni siquiera recuerda que tiene un problema de memoria. Eso es algo que vuelve a descubrir a cada momento y, puesto que olvida que siempre olvida, cada idea perdida pareciera una equivocación fortuita (un fastidio y nada más) del mismo modo que lo sería para usted o para mí.
En una mañana cualquiera, EP despierta, desayuna y vuelve a la cama a escuchar la radio. Sin embargo, cuando está de nuevo acostado, no siempre le queda claro si acaba de desayunar o de despertarse. A menudo desayuna otra vez y regresa a la cama para escuchar más programas de radio. Algunas mañanas desayuna una tercera vez. Mira la televisión, que puede ser muy emocionante de un segundo a otro, aunque los programas con un comienzo, un desarrollo y un final claros pueden plantearle un problema. Prefiere History Channel, o cualquier tema sobre la Segunda Guerra Mundial. Sale a caminar por el vecindario, generalmente varias veces antes del almuerzo, en ocasiones, hasta por tres cuartos de hora. Se sienta en el jardín. Lee el diario; debe ser como salir de una máquina del tiempo. ¿Bush quién? ¿Irak qué? ¿Computadoras cuándo? Al terminar un encabezado, EP por lo general ha olvidado cómo empieza.
“Está contento todo el tiempo. Muy contento. Me imagino que se debe a que no existe estrés en su vida” –asevera su hija, Carol, quien vive cerca de casa de su padre.
—¿Cuántos años tiene ahora? –le pregunta Squire.
—Veamos, 59 o 60. Me pescó. Mi memoria no es tan perfecta. Es bastante buena, pero a veces las personas me hacen preguntas que sencillamente no capto. Estoy seguro de que a usted le ocurre algunas veces.
—Claro que sí –dice Squire, amablemente, aunque EP ha errado en casi un cuarto de siglo.
EP siempre está contento, sin embargo, recordar todo le resulta a AJ una experiencia exasperante y solitaria a la vez.
Atravesamos la calle y me encuentro a solas con EP por primera vez. No sabe quién soy ni qué hago a su lado, aunque parece intuir que estoy ahí por alguna buena razón. Está atrapado en la mayor de las pesadillas existenciales, ciego a la realidad en la que vive.
Damos la vuelta y caminamos de regreso por la calle cuyo nombre ha olvidado, pasamos cerca de vecinos que nos saludan con la mano, a quienes no reconoce, rumbo a un hogar que no conoce. Frente a la casa hay un automóvil estacionado, tiene los vidrios polarizados. Volteamos para mirar nuestro reflejo. Le pregunto a EP qué ve.
—A un viejo –responde–. Eso es todo.
Extraído de: Especial Memoria, national Geographic